domingo, 9 de abril de 2017

Claustrofobia

...Todo empieza en una habitación vacía. A la derecha una puerta de baño espera ser cerrada para ocultar de la vista las impurezas del suelo sobre el que se apoyan un lavabo y lo que parece ser una taza de váter. El resto, paredes lisas de color blanco, sin puertas ni ventanas. La luz de unos alójenos sale del techo, también blanco, con su luz blanca. El silencio se apodera de la estancia. Agua goteando, sin ritmo, sin compás. Un ruido sale del baño, un cuerpo sale del baño. Siempre entra alguien pero nadie se queda. Vuelvo a quedarme solo. Sudo, me falta el aire, no puedo respirar. La sangre que bombea mi corazón se agolpa en mi sien martilleando con violencia en mi cabeza. Los temblores se apoderan de mi cuerpo, convulsionándome hasta que me desmayo, pero dura poco. Me levanto mareado, me hiperventilo, entro en pánico, busco una salida, no la encuentro. Golpeo las paredes con mi cabeza, una y otra vez, hasta que las nauseas se transforman en vómito. Caigo, cierro los ojos, me hiperventilo de nuevo, me relajo, abro los ojos y todo empieza en una habitación vacía...


lunes, 3 de abril de 2017

Bucle

Me despierto como cada día. La misma hora, los mismos pasos, la misma gente, el mismo trayecto. Trabajo, descanso para el café, vuelta al trabajo. Parada. Comida. Vuelta al trabajo. Fin de la jornada, vuelta a casa, solo, sin nadie que me espere. Preparo lacena, veo la tele, me acuesto, duermo. Deseo que llegue el fin de semana mientras repito la misma rutina durante 5 días.

Viernes, salgo de trabajar; copas con los compañeros de trabajo, borrachera no muy fuerte, vuelvo a casa. Sábado. Cañas con los amigos, comer fuera, noche de fiesta. Hoy tampoco follo. Domingo de resaca; preparo la comida para llevar al trabajo, me acuesto mientras digo que no volveré a beber. Cierro los ojos y duermo mientras el contador vuelve a ponerse a cero.

Lunes. Arranca la semana y empieza el bucle. Siempre lo mismo pero cada día soy más viejo.

viernes, 13 de enero de 2017

La cabeza

Caminaba desnudo por la calle.

El frío del invierno se pegaba a su cuerpo como una segunda piel pero él no lo notaba. Sus pies descalzos caminaban entre los cristales rotos de las casas que había en aquella zona de la ciudad que otrora había sido próspera pero que las guerras, la migración y el vandalismo habían convertido en una zona de exclusión, en un gueto donde por las noches se imponía el toque de queda.

Eran las 5 de la madrugada y su cuerpo, que volvía a tener aquél color ceniza disimulando el mapa de cicatrices de antiguas quemaduras que lo recorrían por completo, era una mole de miedo y pánico. El paso lento pero firme. Según se acercaba a su destino comenzó a arrastrar los pies como si la carga que llevaba entre los brazos fuera pesada.

Cuando alcanzó su objetivo cayó de rodillas y llamó a la puerta con un solo golpe de su mano, aquella mano que parecía la mano de un Golem; maciza y pesada, de carnes prietas para la que una caricia podría ser el camino a la tumba de aquél a quien acariciase. Esa mano golpeó una sola vez en la puerta metálica y el sonido que hizo se escuchó en varias manzanas alrededor.

Abrió la puerta un cuerpo de mujer perfectamente esculpido en bronce. Un cuerpo atlético y bien definido. Un cuerpo apetecible, de senos grandes y firmes, con muslos prietos. Un cuerpo perfecto que se movía de manera mecánica. Y su perfección sería absoluta si aquel cuerpo tuviese cabeza.

La mole grisácea que yacía postrada a sus pies le entregó su carga, una cabeza envuelta en telas manchadas de sangre, que había sido cortada milimétricamente para que encajase en el hueco que Ella tenía sobre los hombros, a la altura del cuello. El cuerpo cogió el regalo que le había sido traído y, con las dos manos, trató de ajustarlo si éxito. Tiró la cabeza a un lado, junto a las otras, y volvió a dentro.

Una lágrima escapó de uno de los ojos del Golem y sus palabras de angustia se perdieron en el hueco de su boca ya que él no tenía labios que pudiera darles forma.

Se levantó y con paso lento pero firme se dirigió a la ciudad a buscar una nueva testa para su amada.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

La puta ama

No sé si alguno sabe lo que es un Bukake. Siempre lo pregunto en mis espectáculos. Sí, soy artista. Un Bukake no tiene nada que ver con un burka, ni con sexo femenino o masculino. Un Bukake es un asqueroso gesto de amor que realiza uno de los dos frente a otro, mejor dicho frente a muchos. En palabras masculinas heterosexuales se resume en una cara recibiendo recibiendo el placer de muchas “cabezas”. Asqueroso, obsesivo, un baño de amor ¿quién no quiere eso?

El fin de semana pasado mi novia, una novia a la que quiero más que a mi vida, me llamo para invitarme a merendar en su casa. Tenía una sorpresa para mí. Me invitaba a un Bukake. Cuál no sería mi sorpresa al escuchar esa poesía en sus palabras. No pude esperar a que llegase la tarde. Llamé a María, su amiga de toda la vida, su confidente. María, su mejor amiga, la que no tenía escrúpulos. María un pajote, o dos, pero no ese día. Hablamos de sexo; ella siempre habla de sexo. Lo suyo es el sexo oral y esa mañana no se lo sacaba de la boca. En cuestiones de sexo es la “puta ama”

Ese día tenía ganas de jugar.
 “¿Bukake con Deborah y vienes a calentarte conmigo? Todo tiene su precio” Yo, que soy guarro hasta cuando me lavo, accedí a pagar su precio. Pantalones abajo, culo en pompa, mordisquitos en las nalgas, vaselina en sus manos y dos dedos para realizar su, mi, tracto rectal. “¿No era sólo con un dedo?” pregunto, “es para tener una segunda opinión” responde. Juega con mi próstata, eyaculo por no correrme.; “hoy no vas a tener amor que darle a mi amiga” me susurra maliciosamente mientras comienza a practicarme una felación por no chuparme la polla. Me relajo y mi esfínter recuerda sus dedos, se relaja y le devuelve la gracia. ¡Qué olor! Aguantó la gracia y sus dedos volvieron a saludar a mi próstata. Lo dicho, María es LA PUTA AMA, en mayúsculas.

Llegó la tarde y raudo y veloz, más de lo que mis temblequeantes piernas me permitían, fui a casa de mi chica. Entré con la excitación de un niño pequeño, la culpabilidad de alguien que ha hecho algo malo, las ganas de querer reflejar mi amor en su cara. Me esperaba en la cocina. Cual no fue mi sorpresa cuando me la encontré sentada en la mesa con la merienda preparada. Le digo 
“Cariño, eso no es un Bukake, es un Kebah” y me responde “¿No es Turko? Pues da igual” Río la gracia, comemos y me fijo en el bigotito que se le ha quedado al comer el Kebah “no sabía que el circo había llegado a la ciudad. Pareces la mujer barbuda” digo para hacer la gracia. “Fíjate, habló el payaso” Me responde. Me enseña un bote de vaselina, sonríe “me ha dicho un pajarito que lo tuyo va de culo” Cariño, eres “la puta ama”
 Voy a ser el albañil de tu cuerpo cuando termines.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Echo de menos

Esta historia la escribo basándome en la historia escrita por mi amigo Nico, la cual puedes leer en su blog Sin Latidos

Echo de menos sentarme a charlar de cosas intrascendentes con mis amigos.
Echo de menos aquella guitarra que tanta compañía me hacía en los momentos de soledad.
Echo de menos cantar porque sí, saltar sin necesitar un porqué, pasear bajo la luz de la noche.
Echo de menos empezar de nuevo
Echo de menos las historias que nos contábamos cuando éramos niños, aquellas historias sin final, o con un final que cambiaba según nuestras necesidades.
Echo de menos el tiempo; las horas, los minutos y cada segundo que se perdieron sin necesidad
Echo de menos el futuro que soñamos.
Echo de menos mirar al cielo, soñar despierto, dormir de día y correr al viento.
Echo de menos el las cosas sin tener por qué
Echo de menos meter los pies en la arena, caminar por la orilla mar adentro y sumergirme en el agua hasta que mis pulmones dejasen de respirar para poder entrar en ese otro reino al que solo se accede a través de la inconsciencia.
Echo de menos respirar.
Echo de menos el sentirme seguro y protegido en los brazos de mi madre.
Echo de menos el amor que se profesaban mis padres.
Echo de menos las caricias de mi madre que se transformaron en golpes que marcaron mi cuerpo.
Echo de menos mi último aliento perdido entre las hebras del cojín.
Echo de menos el amor de mi madre antes de apoyar sus manos con fuerza en el cojín que robaba mi aliento.
Echo de menos el haber sido niño
Y echo de menos el no haber vivido lo suficiente para crecer.

jueves, 14 de abril de 2016

Hoy me he levantado

Hoy me he levantado con historias de paja y tierra en mi cabeza, con lluvia tibia que las riega y viento que acuna el verso que día tras día nace en mi pecho.

Hoy me he levantado Enero con sueños de Mayo y sol de Diciembre.

Hoy me he levantado verso que me ha convertido en poesía

lunes, 23 de noviembre de 2015

El ladrón de sueños.

Sentado cerca de la cabecera de la cama tenía la vista clavada en ella. Era una mirada perdida, ausente. Una mirada que indicaba que él ya no se encontraba allí. Había partido tiempo atrás, dejando  vigilante la carcasa vacía que era su cuerpo. Ella, sin saberlo, le había llamado en el momento justo en el que entró por la puerta de casa y en su cabeza empezó a gestarse una idea, un sueño.

Aquella tarde recibió una llamada de teléfono en su oficina. Una voz, desde el otro lado del auricular, le ofreció la oportunidad que llevaba toda su vida buscando. No se lo pensó, dijo SÍ. Esa misma tarde dejó su trabajo, hizo una llamadas, compró un billete de avión, preparó el equipaje -un equipaje sencillo ya que no le hacía falta más-,  llamó a su casero para cancelar el alquiler del piso donde vivía, tomó una cena ligera, puso la alarma con tiempo para llegar sin prisas al aeropuerto, se metió en la cama y comenzó a soñar.

Su cara reflejaba felicidad. En su sueño no se dio cuenta de que había alguien más. Alguien más que se preocupaba porque siguiese soñando, que vigilaba su felicidad. Alguien que la vigilaba mientras jugaba en su cabeza con las agujas del reloj.

Se despertó con tiempo de sobra, respiró profundamente y saboreó el último café de su vieja vida. Cerró las puertas de la casa, entregó las llaves de la vivienda a su casero, llamó a un taxi que la llevó al aeropuerto con tiempo de sobra para despedirse de aquella ciudad que la había tenido atrapada tanto tiempo.

Llegó la hora, abrieron las puertas de embarque, sujetó con fuerza su billete pegado a su corazón y respiró profundamente. Su cara era un mar de felicidad.

Entregó el billete en la consigna de facturación y una amable señorita, muy amablemente, le comunicó que se había confundido, que su vuelo había salido el día anterior. Pidió que lo volvieran a comprobar, lloró cuando le confirmaron que así era, que había llegado un día tarde.

No entendía nada.

Su vida acababa de dar un giro de 360º y se encontraba en el mismo punto en el que estaba un año atrás, cuando perdió el avión que la llevaba al lugar donde se cumplirían sus sueños.